La música de la Ardilla

julio 08, 2011
Me llega este cuento precioso.
Recomiendo leerlo.

En Renedo de la Cotera apenas sucedía nada desde el final de la Guerra, cuando el ejército detuvo a los dos hijos mayores de Modesto por desertores y un tribunal militar de Santander los condenó a muerte. Los zagales habían pasado en la montaña los tres años de la contienda al cuidado de su rebaño de vacas tudancas, buena excusa para sortear un conflicto que según su padre, que en gloria esté, ni les iba ni les venía, no les fuera a pasar lo que al difunto tío Servato, abatido en Filipinas a cuenta de una causa que ni mejoró sus prados ni multiplicó los animales de su humilde cuadra, pues a las reses no las paren y engordan las voces de mando ni la pólvora, sino el trabajo de sol a sol. En Renedo de la Cotera se decía que, algunas noches, los hijos de Modesto arribaban en la casa paterna para mudar de ropa y llevarse algo de alimento y abrigo, pues los inviernos son duros en la altura, aunque nadie les vio bajar de los prados que se cubren con lenguas de nieve, ni subir de nuevo a esas tierras de osos en las que, durante la seca, la hierba aún conserva el jugo de la primavera. Pero los hijos mayores de Modesto bajaban, al menos Modestín, pues por algún motivo a la Paloma comenzó a hinchársele el vientre.
Por lo bajo, que es como se cuenta lo incontable en las aldeas, los vecinos de Renedo de la Cotera aseguraban que fue la Cándida, una vez ganó el ejército de Franco, quien les había denunciado, y todo por despecho, ya que Modestín prefirió el seguro de los montes a hacerse cargo de la deshonra de la Paloma, que parió a Faustino el último día del mes de enero del treinta y ocho, envuelta por el calor de las vacas enmaromadas junto a los pesebres, que recibieron la nueva vida con una sonata de mugidos, profetizando desde su estúpida existencia de leche, rumia y boñiga el futuro musical del bebé. Mala hora para la venganza de la Cándida, ya que su hija vistió cinco años de riguroso luto en memoria de los ajusticiados y echó querencia a la vivienda de Modesto, en la que vivía Fabián, el hermano pequeño de Modestín, con el que al fin contrajo nupcias y de quien no tuvo hijos.
Aquella mujer justiciera, la Cándida, no tuvo en cuenta que en los pueblos las deshonras duran poco. ¿Acaso hay palo que no aguante su vela? Quien más, quién menos, tiene pecados a la vista del microcosmos de la aldea, apenas ochenta vecinos, unos bien llevados y otros mal traídos. ¿No decían que la Juliana se había confesado después de parir dos hijos de distinto padre? Pues si ella lo hizo para comulgar en Pascua de resurrección, a nosotros sólo nos queda decir amén, que si en el cielo no guardan memoria de nuestras debilidades arrepentidas, por qué en Renedo de la Cotera, donde la Cándida y alguna que otra vecina hacían cuentas hasta de los minutos que dedican las mujeronas a lavar las sábanas en el pilón, íbamos a darle la espalda a la Paloma y su chiquillo.
Los paisanos que habían viajado hasta Santander, Palencia o Burgos, advertían que los mapas de las capitales no señalaban Renedo, a pesar de contar con una pequeña bolera en el cruce de caminos hacia la pedanía de Sauces, a pesar de la ermita de Santa Brígida, escondida tras un bosque de nogales, en la que sólo se decía misa el veintitrés de julio y después se celebraba la patrona sin verbena, que la Cotera nunca ha conocido bailes ni sidras y asadurías al aire libre, ni tampoco cohetes o ferias de ganado, que para comprar un mulo había que caminar hasta Sauces con el lío de las monedas en el bolso -doce kilómetros-, o a Castillejos y Pontones -veintidós entre vueltas y revueltas junto al correr alegre de las aguas del Jumilla, que traen derretidas las lenguas de nieve que tan bien conocieron los hijos de Modesto y su ganado de tudancas-.
La música, en Renedo de la Cotera, sólo rasgaba la quietud de las horas en el flautín de Paco, el pastor, en los campanos de los bueyes de Prudencio, afinados en notas graves por el mazo de un artesano de San Gervasio y en el acordeón de Faustino, regalo del cura de Castillejos después de que el crío fuera confirmado, pues ya que no pisaba la escuela –la aldea nunca la tuvo- y que a la iglesia sólo acudía con su madre dos veces en el año -durante la Pascua de resurrección y el veintitrés de julio-, necesitaba alimentarse el alma de alguna manera antes de que se perdiera desbaratando nidos, descalabrando ruiseñores a cantazos y pescando tritones en los charcos.
El pueblo se había hecho a las probaturas de Faustino con aquella caja de música. Tenía prados, camberas y breñales suficientes para que a nadie molestaran las notas rotas y desafinadas con las que el muchacho fue haciéndose a los secretos del bandoneón. Entre los cagalones del ganado de su abuelo, Faustino buscaba una peña en la que sentarse. Allí se ceñía los correajes tachonados, ajustaba su mano derecha entre la cincha de cuero y la caja lacada, desentumecía las falanges sobre la salpicadura de teclas y botones, abría el fuelle y comenzaba a experimentar sonidos que distorsionaba al inclinar a uno y otro lado las tapas del instrumento. Las ventosidades sostenidas entre agudos y graves eran una chifladura que al mozuelo arrancaban sinceras carcajadas. Bastaba retorcer el acordeón para que las urracas echasen a volar y la Mora –la más negra de las vacas de su abuelo y de su padrastro, con un cuerno mellado- levantara el hocico, hasta entonces hundido en el ballico, y sacudiera la campa con un bramido humeante. Las yemas de los dedos de Faustino, encallecidas de manejar el dalle y afilarlo con la piedra, de arrancar nabos para el forraje, que por no sentir ni se escocían al rozar los ortígales, acariciaban los botones colorados y negros para lograr sostenidos y bemoles con la misma dulzura que si apretara las carnes de un recién nacido.
Mañana tras mañana, tarde tras tarde, durante el otoño, el invierno, la primavera y el estío, el hijo del difunto Modestín se despedía de su madre, de Fabián, su padrastro, y de su abuelo para sacar o recoger al ganado con el instrumento al hombro. Aprovechaba la intimidad de las umbrías y el brillo reverberante de las manchas de sol para dar vida a aquella caja que contenía infinitas posibilidades según apretara o distendiera el fuelle, liberara o encerrase sus tripas de serpiente, subiera o hiciese bajar su abanico rojo y algo blando al tiempo que se dejaba llevar los dedos por el azar. Al fin logró dominar las combinaciones con las que se escriben las tonadas hasta conseguir, durante el paso de un largo año sin nidos, polladas, ruiseñores ni tritones, cierta maestría en el roce de cada botón.
Las camberas de Renedo de la Cotera, el cruce del camino que lleva hasta Sauces, la bolera, los bosques de castaños, el caudal violento del Jumilla, la espadaña de la ermita de Santa Brígida, las huertas y patios, las cuadras y cochiqueras, los maizales, el charcón de los cangrejos, los muros de piedra que delimitan los prados, las fachadas negras por la lluvia y aquellas amarilleadas por el sol del verano, las copas densas de los tejos y las ramas bermellones de los hayedos desnudos se hicieron eco de los primeros juegos musicales de Faustino. Las cantilenas sobrevolaban los mismos valles que en tiempos de Guerra ascendieran su padre y su tío.
Aquellos paisajes serenos que mimetizaban cada una de las estaciones, acogieron las primeras melodías inteligibles del adolescente, que reprodujeron con fidelidad los sones con los que tamboriles y piteros animaban los bailes de las verbenas de Castillejos y Pontones. Durante el tercer año desde que recibiera el acordeón de manos del cura, Faustino trató de dar voz a la hoja seca y al brote verde, a la flor y al erizo de los castaños, a la rama chascada y a la yema prometedora del melocotón, al caminar blando de los corderos y al romaneo de las ovejas viejas, al bamboleo del escarabajo entre las boñigas y al rastro húmedo de los limacos, al bregar de los vecinos con sus jumentos y carretones y al pasar de las nubes. En la combinación de notas –a las que Faustino nunca supo dar nombre- logró visualizar aquellos elementos que forjaban su vida de rapaz: veía una ardilla y su cabeza la representaba con cinco golpes de aire y teclado; hacía hablar –con música, claro- a los dientes de león que vestían los campos en una lluvia de soles.
El cura, cuando arribaba a Renedo de la Cotera la víspera del veintitrés de julio, se alojaba en casa de Modesto. Arrellanado después de la cena en el butacón del viejo, prendía un veguero que el abuelo de Faustino conservaba para festejar su visita. Envuelto por las volutas azules y con el estómago relajado gracias a un licor de hierbas montaraces, rogaba a su protegido que le mostrara sus progresos con el instrumento desde la última vez que se vieron. El chaval, de natural retraído, no estaba acostumbrado a tocar frente al público. Prefería la soledad de los prados donde, a lo sumo, pasaba algún vecino que se detenía y le escuchaba durante unos instantes con sonrisa complacida, mientras decía para sí, <>. Faustino, antes de que el paisano desapareciera tras un recodo, le dibujaba en re menor.
-Vamos, anda. Toca –insistía el clérigo.
Faustino se acomodaba el pesado instrumento sobre el pecho, contemplaba durante unos instantes las teclas bicolores y arrancaba allí por donde le soplaba la inspiración. Era tal el gozo del cura ante la sorprendente habilidad del muchacho, que cerraba los ojos apretados entre bolsas violáceas al tiempo que estiraba las piernas y cruzaba sobre el vientre sus manazas con el cigarro sujeto entre el índice y el pulgar, sin preocuparse de que la ceniza se desmigara sobre su sotana gastada de brillos.
La música ocupaba toda la estancia, alegre y melancólica a la vez. A Modesto, hombre algo taciturno, aquellas canciones le hablaban de la infancia de sus críos, de la alegría que reinaba en el humilde hogar cuando vivía Teresa, su llorada esposa, y el esternón se le poblaba de una quemazón dolorosa. Fabián, indiferente a los soplos de la belleza, no apreciaba el valor de aquel ruido inteligente al que se había acostumbrado como al rebuzno del pollino de la viuda de Ezequiel. A la Paloma, por el contrario, las composiciones de su hijo le hacían contemplar prados repletos de gente vestida de coloridas prendas, carromatos adornados con guirnaldas, aromas de carne asada y bailes y más bailes: todas aquellas danzas que Renedo de la Cotera no había tenido ocasión de festejar. Y al cura -¡ay, al cura, tan enamorado de sus parroquias de montaña!-, la imaginación se le fugaba a la catedral de Santander, donde algún día presentaría a su protegido para que el señor Obispo admirase el poder espiritual de la música entre quienes han nacido abandonados por la mano de Dios. <>, se veía platicando con su Eminencia.
Pero Faustino nunca viajó a Santander ni conoció al señor Obispo. Y todo porque el cura no aguantó la dureza del invierno: una pulmonía le recluyó en su casa de Castillejos durante el mes de enero. Su celo pastoral le animó a salir de la cama antes de tiempo, a pesar de la prescripción del médico, que ya le había advertido que la muerte se agazapaba en la humedad de los anchos muros de la parroquia. Aquel frío mojado y pétreo le encogió los dedos de los pies, la garganta, los pulmones y el corazón. Nada aliviaba ya sus calenturas. En la madrugada del dos de marzo, después de recibir el viático, entregó su alma a Dios. Faustino le vio subir a los cielos entre sones de orquesta de pueblo, con sus percusiones y sus vientos que, a fin de cuentas, era la música que siempre encandiló al sacerdote.
A partir de entonces, nadie reclamó a Faustino para que tocase el bandoneón. Ya hemos dicho que en Renedo de la Cotera, aldea de ochenta vecinos, unos bien llevados y otros mal traídos, cada cual vivía presto a sus menesteres, que bastantes faenas trae el ganado como para meter la nariz en asuntos ajenos. Salvo la Cándida y sus comadres, ya lo hemos dicho, pero para entonces criaban malvas en el pequeño camposanto. Ni siquiera Lola, con la que Faustino peló la pava, le pedía explicaciones sobre su afición desmedida por aquel instrumento. Después de la boda en Pontones, con tal de que su marido no pulsara las teclas ni descomprimiera el fuelle dentro de la casa –pues el ruido le provocaba jaqueca-, jamás le pidió razón de sus fantasías musicales.
Para entonces, Modesto, el abuelo, había pasado a mejor vida y Fabián y la Paloma hacía todo lo posible por no entrometerse en los quehaceres de la joven pareja, con la que compartían casa, cuadra y el menguante beneficio de las tres tudancas aún enmaromadas al pesebre.
Lola tuvo un vientre prolijo; andaba de un lugar a otro acompañada por una nube de niños y con un pañuelo en la mano para limpiarles los mocos. Fue entonces cuando los políticos de Santander trajeron la luz a Renedo, el acontecimiento más renombrado después de la Guerra. Los callejones de la aldea se iluminaron por las noches con un brillo anaranjado, al igual que las cuadras, de las que pendía una bombilla desnuda sembrada de motas negras. En la cantina instalaron una cámara en la que las mujeres compraban hielo, hasta que llegaron los primeros frigoríficos. Y junto a las neveras, los televisores se apoderaron de la atención de los vecinos, que ya apenas salían de casa después de sus faenas. Por cierto, que las labores del campo se resolvían en menos tiempo: el tractor convirtió los establos de las mulas en burdos almacenes donde olvidar los aperos de labranza. El suelo de las corraleras se tiñó con manchas de aceite y los yugos con los que antes uncían a las bestias fueron horadados por la carcoma.
Por más que Faustino se empeñó en buscarla, no había música en su acordeón que describiera los inventos que cambiaron las costumbres de la aldea. El rugido de los motores y el parlamento de aquellas cajas que refulgían una luz cegadora y embobaban la conversación y el espíritu de Fabián y La Paloma, no le inspiraban. Eran las cumbres magníficas, el vuelo de las grajetas y el surgir de los hongos entre las hojas muertas de los robles las únicas razones que le animaban a distender el fuelle y pulsar, con los ojos cerrados, aquellas teclas de infinitas combinaciones.
En Renedo de la Cotera apenas sucedía nada desde el final de la Guerra. Los pocos extraños que se aventuraban desde el camino que nace en Sauces –el vendedor de bacaladas y género textil, el médico y el nuevo cura- sabían que lo único que diferenciaba aquel villorrio de otros que salpicaban las faldas seculares de la cordillera, era aquel padre de familia numerosa que se sentaba en los muretes para descifrar, con el sonido de su acordeón, los misterios del paisaje. Decían que los ruiseñores se posaban en las ramas de los cerezos para acompañar la música con su dulce trino. Decían que las nidadas se multiplicaban en aquel valle como en ningún otro. Decían que en los charcos bermejos brillaban las colas aplastadas de los tritones, que se revolvían en el barro al son de las tonadas de Faustino, a quien desde hacía semanas le acompañaba su hijo mayor, Fabiancito, imantado a la magia del instrumento.

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